Quedamos en el Dublín
Escrito por Alberto en Para picar, Personal, etiquetas: bares, calle PanaderasDurante cerca de una década, ésta era una de las frases que más podía salir de mi boca. Entre que me gustaba el local y su ambiente, y que se encontraba justo a medio camino entre mi casa y el trabajo, el bar “Dublín” (Panaderas, 50, A Coruña, junto al Museo de Bellas Artes) era, para mí, el sitio perfecto para quedar con los amigos. Aunque, para ser sinceros, no acostumbrábamos ni a llamarnos, porque todos sabíamos que sólo era cuestión de esperar, y no demasiado, para que alguno de nosotros se dejara caer por ese lugar.
El Dublín no es un irlandés al uso, a pesar de lo que parezca por su decoración. Cuando se inauguró (casi podría decir “cuando lo inauguré”) apenas había establecimientos similares en la ciudad, y no tardó en convertirse en uno de los referentes culturales coruñeses. Por allí pasaban universitarios, poetas, pintores y músicos locales que se mezclaban en buena sintonía con aquéllos que, como yo o mis amigos, aunque nada aportábamos al panorama intelectual de la ciudad, resultábamos un vistoso relleno. Acudíamos a conciertos, atestábamos sus mesas con incontables colillas, jarras de cerveza y copas de vino vacías, pero, sobre todo, hablábamos. Charlábamos sin parar, y a medida que los efectos del alcohol nos iban afectando, los temas de nuestra conversación se repetían, sorprendentemente reinventados, una y otra vez. Y así podíamos estar desde la tapa matutina hasta la última copa, ya con el cierre del local echado. Se podría decir que éramos intemporales, casi eternos. De hecho, así nos sentíamos en esa época.
Hace unos tres años que sólo piso el Dublín esporádicamente. Las obligaciones y responsabilidades que he ido adquiriendo en la auténtica vida me han ido alejando de aquellos riojas “Conde de Valdemar” que tanto entretenían mis bohemios mediodías. Hoy fue una de esas contadas ocasiones, pero nada salió como yo deseaba. Rozaban las dos de la tarde, y me decidí a entrar. No había nadie en las mesas, así que me dirigí a la barra y, al no ver en la pizarra mi tapa favorita (pasta al roquefort), pedí a la desconocida camarera que ocupaba el puesto de mis añorados Fernando, Lito, Esther, Marta, etc, etc, una simple cerveza. Pero lo peor de todo fue que en los casi 40 minutos que me llevó hacer que leía un periódico atrasado, y sacar unas cuantas fotos para ésto que están leyendo, ningún conocido atravesó el umbral de su puerta.
Ya lo sé, la próxima vez, mejor llamo.
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Menos mal que no estaban! (¿te imaginas tres años y todos haciendo lo mismo de entonces?, y lo mismo dentro de 10?)
Yo también pienso que es una taberna muy agradable, aunque a la hora en que más la frecuenté (para tomarme un carajillo de noche) no era muy adecuada para mantener una conversación que no fuera a voces. Ahora, he cambiado de local y de carajillo
Pues yo lo echo de menos. Me gustaba esa monotonía caótica en la que vivíamos. Pero claro, lo que se vuelve nostalgia es ya irrecuperable. Es lo que hay, qué se le va a hacer.